|
SER-AHÍ
Dasein, el Ser-ahí del que hablaba la fenomenología de Martín
Heidegger, caído desde las falsas ideas adheridas por los siglos
de Historia, defendiendo a través del abismo de la existencia,
estrellándose finalmente sobre la faz de la realidad humana...
La videoinstalación que en esta ocasión nos presenta Ramón
Garrido parece querer convertirse en metáfora de este pensamiento,
adoptando como unidad semántica la forma del clavo. Más
de un centenar de estas pequeñas piezas, alargadas y metálicas,
cada una con su cabeza y su extremidad, expresan al individuo como sujeto
concreto de esencia peculiar e incomunicable. Pero la habitual función
del acero - ser fijado a alguna parte, asegurar una cosa respecto a otra
- aparece completamente desechada en favor de considerar a la persona
aisladamente, sin por qué o para que, despojada de destino u ocupación.
Las imágenes nos muestran
con cierta dosis de ironía, cómo la mano invisible de la
Historia (fuera de nuestro campo visual ) va sacando a los metálicos
individuos de la caja azul (color del infinito ) donde están confinados
en orden perfecto. Por su parte, los zapatos en que se asienta (que sí
son visibles ) aparecen sin embargo desatados, como si fuera predecible
una caída humillante. Desde estas alturas se van dejando caer uno
a uno mas de un centenar de clavos, que van colisionando sucesivamente
con la áspera superficie de la realidad. Se va conformando de este
modo una suerte de dibujo aleatorio sobre el suelo, donde cada pieza se
orienta según la posición azarosa de su cabeza - cuan sabio
es el lenguaje popular para otorgar términos antropomórficos
-. En el extremo opuesto del clavo y de modo indiscernible, se encuentra
la afilada punta, extremidad que asume todo lo que de agresivo y violento
hay en el ser. Son pues estas pequeñas piezas expresiones de la
dicotomía propia del individuo, la oposición entre lo dócil
y lo provocador, lo manso y lo belicoso.
todos los términos han sido
ya derribados - plástico envoltorio, clavos, virutas y la propia
caja - yaciendo esparcidos por el suelo. Arruinadas todas las estructuras
posibles no queda más remedio que volver a empezar, pero de otro
modo. Es ahora la mano ingenua y sencilla de un niño la que reorganiza
la situación, guiándose por una mirada pura, nada contaminada,
basada en la inocencia como único motor posible para conseguir
un orden nuevo.
No quisiera concluir este comentario sin hacer una especial mención
hacia la reflexión que supone esta y otras muchas obras de nuestro
autor sobre los conceptos de orden y caos. Se hace patente un deseo, si
no de subvertir las tradicionales acepciones de estos términos,
si al menos de entenderlos de un modo notablemente personal. El orden
debiera ser una mera sucesión de las cosas, una colocación
estructurada en atención a la armonía, paz y normalidad
del conjunto. Jamás tendría que llevar aparejado significaciones
relativas al precepto, la regla, la disciplina. Es por ello que el artista
desarrolló en el pasado varias obras en las que se expresaban los
efectos demoledores de un orden entendido como mandato, como autoridad
que se debe obedecer y ejecutar dentro de los precisos límites
de la obligación, formaciones de clavos que se disponían
militarmente en tropa de líneas y columnas, o enfiladas hacia la
figura hierática y brillante de un clavo beneméritamente
condecorado. A modo de contraposición , en otras obras se muestra
una disposición de los aceros en aparente caos, pero donde los
individuos ocupan quizá el lugar que les corresponde; no como desconcierto
o enredo sino como un estado natural, originario y armónico que
debe ocupar el ser, donde la pátina de óxido no es otra
cosa que la sedimentación del tiempo en la pieza. Posiblemente
nos sugiera el autor con esta videoinstalación que el desorden
es el único orden posible donde se pueda instalar el ser, o mejor
debiéramos decir el Ser- ahí.
Javier Flores
Doña Mencía, Agosto de 2001
|