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Las cosas y sus destinos
Algunas interrogantes, desde luego subjetivas, sobre la obra de Ramón
Garrido
Con un lenguaje tan personal como anclado en nuestro propio tiempo, la
obra de Ramón Garrido se me viene como una madura reflexión
sobre la existencia o, si lo prefieren, como mía sobria y soberbia
metáfora sobre la creación o la vida, o el espíritu
que anima a la materia, algo que a la postre, a mi ver, viene a ser lo
mismo.
Ante estas obras, las más procedentes de materiales desechados
del uso para el que originalmente fueron concebidas, uno se sorprende
al comprobar cómo ellos han tomado una nueva identidad sin perder
la corporeidad que les definía, reafirmando, así, el viejo
aserto - tan inquietante, por otro lado- de que la materia no se destruye,
sino que se transforma; en este caso por la mirada atenta y creativa del
autor que cala en cuanto de expresión simbólica tiene cada
objeto, por lo que le hace brotar en obra de arte; una obra de arte, nos
apresuramos a decir, que perturban nuestra mirada, a la par que agitan
la conciencia puesto que nos sitúan, ante la presencia de otra
presencia.
Lo hemos dicho, el resultado, por el cambio sufrido, es inequívocamente
intrigante, pues invita a caminar hacia adentro a una serena meditación
que nos conduzca a una especie de gran caer en la cuenta sobre la misma
naturaleza del ser.
Y aquí en mi opinión, puede radicar el fin último
pretendido por Ramón Garrido, pues el conjunto de estas obras no
es distinto a una reposada dialéctica entre la calma y el desorden
la que se vale de unos registros, como pueden serlo un recuerdo ambiguo,
el que aporta los materiales que se dan cita. También puede ser
la conjunción de lo absurdo con la máxima racionalización,
de cuya chispa salta la llama de la más pura poética.
Puede que estemos ante las cosa y su destino. Mas sobre ello, como en
cualquier obra de arte que se precie, lo fundamental no radica en su significado,
ni en su sentido - que es múltiple y abierto -, sino en su propia
presencia, en la tracción que sobre nosotros ejercen precisamente
por estar ahí, ocupando su justo sitio.
Así considerada, la obra de Ramón Garrido surgiría
del intento y la necesidad no d poner orden, sino de situarse en el desorden.
De ofrecérnoslo hasta hacernos partícipes de él.
En suma, nos ofrece las más contradictorias y entrelazadas formas
de las cosas, del mundo y nuestra propia hora. Nos presenta el laberinto
en el que habitamos y nos invita a marcar nuestra propia huella.
Manuel Urbano
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