Estamos ante una amplia muestra de la creación artística con que nos ha obsequiado Ramón
Garrido. Su insistente recurso a los elementos tantas veces desechados como son el clavo ya
usado o retorcido, el trozo insignificante de madera que a muchos pasa
desaperdibido, la vela
signo claro de la contingencia misma, la utilización de la flor cuya fuerza y belleza hablan con
elocuencia de la transitoriedad, constituyen un reflejo del espíritu atento a las realidades más
variadas, pequeñas, aparentemente anodinas y generalmente insignificantes. En la obra de
Garrido todos los elementos van cruzándose en formas abstractas y simbólicas que estimulan el
aprecio de lo pequeño, la esperanza en lo no aparente, la pregunta por el mensaje, y la
valoración del misterio que encierra la expresión viva del alma.
La palabra, como la creación artística, en tanto signos de expresión y de comunicación son, al
mismo tiempo, voces que revelan y velos que ocultan. El espíritu del hombre, sobre todo en sus
más profundas interioridades, pertenece al misterio del hombre ante el hombre, de cada uno
ante sí mismo, de la criatura ante la obra de Dios creador. Por eso, podemos decir que Garrido es,
de algún modo, también poeta, porque el poeta es esencialmente religioso. La observación
empeñada en llegar a la médula de las cosas, al núcleo de las vivencia y al sentido último de los
acontecimientos lleva al poeta a encontrarse con el misterio. Admirado por la grandeza que le
subyuga y sorprendido por la profundidad que no entiende, el poeta, en lugar de pretender una
descripción directa o una simple narración de hechos, convierte en canto su admiración. Este
canto, expresado en juego estético de metáforas y aproximaciones, manifiesta con fuerza
religiosa el culto interior hacia lo que nos trasciende.
La apertura, el misterio y la humilde acogida a su vocación de juglar hacen del poeta y del artista
hermanos de camino como profetas de lo inefable. En su éxtasis creativo, el poeta y el artista
proyectan desde su mente el signo que une su espíritu con el infinito para el que ha sido creado.
La obra de Ramón Garrido, va utilizando los elementos aparentemente más pobres y anodinos
entrecruzándolos como los más variados y finos hilos de un tejido tan precioso y significativo como
ha de ser la expresión artística del diálogo poético y creativo con la profundidad estética del
misterio descubierto y cantado con la palabra, con el pincel, con el buril o con la presión directa
de sus manos.
En la obra que tenemos ante nosotros, el artista se hace pregonero de su fé, profeta de su
experiencia profunda, mensajero de una llamada con destino universal que nos convoca a
prestar atención a lo pequeño, a fijarse en lo que trasciende el impacto de la inmediatez, a
saborear la ternura que se esconde tras la dureza de los materiales y, de alguna forma, a
recuperar lo olvidado, a apreciar la grandeza de lo perecedero y a compartir el goce espiritual
que produce lo vulgar cuando es contemplado con mirada profunda de una sensibilidad
cultivada.
Al contemplar la obra de Ramón Garrido, podemos decir que nos encontramos con un artista
original, cuya creatividad va más allá de la estética convencional de las formas y pretende abrir
un ámbito nuevo de recuperación de la belleza desaperdibido en el inmenso campo que transita
el hombre. Ramón Garrido, ganado por su fé como criatura consciente de haber sido redimida,
nos ofrece un testimonio de amor a la creación y a todas las realidades perceptibles. Desde ese
amor contado en su obra, intenta redimir los elementos que utiliza, y los va elevando al plano de
la expresión artística y de la consiguiente comunicación profunda, espiritual, poética y religiosa.
SANTIAGO GARCÍA ARACIL.
Obispo de Jaén
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