Continúa el arquetipo, la
base del desarrollo artístico anterior, que se manifiesta en una mutación
irracional de elementos y objetos. Este desarrollo casual ha incidido,
prefijando en el instinto sensorial, vibraciones emotivas, que por su
naturaleza invita a una dignificación y consideración de la materia.
El desprecio, la pérdida de valor, el gesto desconsiderado a lo no útil;
actos intuitivos que entre cánticos de musas generan en el interior,
unas manifestaciones que a nuestro pesar, se nos escapan de la tolerancia,
la solidaridad, el respeto y la comprensión que tenemos que manifestar
como demócratas puros creados en libertad.
La materia, objetos arqueológicos rescatados de la
crueldad del consumo, de la violencia racista de la
producción, se centran en una base cuya trayectoria los
deja atrapados en el espacio, dentro de una línea
espiral con un final mudo. Es el vacío de la araña sin
trama, sin posibilidad de desarrollo al torsionarle de
forma empírica, cada una de sus extremidades.
Eliminar, reciclar, producir, consumir..., eliminar.
Seguir alimentando una mentalidad burguesa donde la
rigidez de las exigencias cotidianas que nos imponemos,
consiguen frente a la ironía de un quehacer feliz, la
frustración del desprecio a la propia materia; al yo que
queda atrás en el transcurso del tiempo. Esta aptitud
gestual e intuitiva inspira un movimiento; una inercia
que centra este sentimiento, en una dualidad morfológica
con relación a la rigidez de las líneas que en un
sistema de ejes cartesianos, marcan el límite que
presenta la imposibilidad de cumplir el esquema
organizado de una convivencia, la meta que al final deja
sin sentido el desarrollo cotidiano de una vida.
Esta obra sigue el sentido transcendente de la
existencia, frente ai consumo poder y placer en que
atamos la materia violada y prostituida que con un alo
infernal convertimos en objeto de culto, que muestro, que
limpio, que mantengo; que hacemos de él la estupidez de
la manifestación de nuestra prepotencia, la base de un
sentido que tiene un final; el final que llega en la
ridiculez que nos hace girar con un folclore, que al
toque de gaitas nos forma en círculo, con saltos alante
y atrás, giro a la derecha; y tras una sonrisa sin fondo
soy feliz. Un instante de risas, un presente vacío, un
final frustrado. El elemento desaparece, cayó el mito,
estalla la base, el polvo al polvo... y en tu interior el
fracaso de la materia que llegó al culmen y que nunca
lograste considerar.
Esta obra que presento no lo alcanza, yo tampoco. Por
esto considero la opción estática, contemplativa y de
quietud; el objeto, sin apreciaciones motoras, el resto
de Israel, lo vulnerable, la aspiración, la idea, el
pensamiento antes de llegar al éxtasis, el efectuar un
recorrido que materializa una realidad indefinida.
Esa realidad, ese desenfreno acaba contemplando un
presente entorno a un yo que busca la aprobación y la
aceptación, para culminar con el placer que en ese
instante termina.
RAMÓN GARRIDO
Así
dice el Señor:
¡Jerusalén!
Eres cananea de casta y de cuna: tu padre era amorreo y
tu madre era hitita. Te arrojaron a campo abierto,
asqueados de tí, el día en que naciste.
Pasando yo a tu lado, te vi chapoteando en tu propia
sangre, y te dije mientras yacías en tu sangre:
"Sigue viviendo y crece como brote campestre."
Creciste y te hiciste moza, llegaste a la sazón. Pasando
de nuevo a tu lado, te vi en la edad del amor; extendí
sobre tí mi manto para cubrir tu desnudez; te
comprometí con juramento, hice alianza contigo -oráculo
del Señor- y fuiste mía.
Te bañé, te limpié la sangre, y te ungí con aceite.
Te vestí de bordado, te calcé de marsopa; te ceñí de
lino, te revestí de seda. Te engalané con joyas: te
puse pulseras en los brazos y un collar al cuello. Te
puse un anillo en la nariz, pendientes en las orejas y
diadema de lujo en la cabeza. Lucías joyas de oro y
plata, y vestidos de lino, seda y bordado; comías flor
de harina, miel y aceite; estabas guapísima y
prosperaste más que una reina. Cundió entre los pueblos
la fama de tu belleza, completa con las galas con que te
atavié -oráculo del Señor-.
Te sentiste segura de tu belleza y, amparada en tu fama,
fornicaste y te prostituíste con el primero que pasaba.
(Del libro del Profeta Ezequiel)
No sé. Viendo la carpeta de
"Espacios y cosas" de Ramón Garrido he sentido
una extraña y fruitiva emoción. Esto me ha traído a la
cabeza y a los "los ojos de la fantasía" un
sentimiento de nostálgicas vivencias, de olvidos
imperativos de la vida, la fenomenológica sensación de
lo que no es pero sí ha sido. Confieso que los artistas
(actuales y pretéritos) me dicen con desigual fortuna
mucho de esa "vastedad" rotunda y misteriosa
que conforma mi espíritu cuando son auténticos, no
simplemente miméticos o "falsos ", para
decirlo con un lenguaje inteligible todavía, de
convencional comunicabilidad.
Confieso
también que estos espléndidos "fotogramas" me
han removido el ánimo como un poeta puro, y me han
arrojado a través de una cadena de momentos a la más
inefable perplejidad; la angustia como el dice, de ese
tiempo existencial definitivamente ido, que nos sumirá
en el devenir de lo absurdo y la indiferencia.
Con su "arqueología" de los objetos sencillos
(¿qué es lo sencillo y lo complejo?, me pregunto)
Ramón Garrido demuestra un gusto y una preocupación que
yo le agradezco.
MANUEL CARRASCO
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