Sebastián Lozano Mudarra

Ramón me pide que escriba mi opinión sobre su obra. Nada más lejos de mi oficio. Acostumbrado permanentemente a planificar, me resulta harto difícil enjuiciar lo que a todas luces está tan lejos de la planificación, ¿o no?

            Hace unos años colaboramos en un proyecto provocador con los centros educativos de la comarca de El Condado. El proyecto se llamaba “Soplo de viento”, y pretendía enfrentar a los niños con la posibilidad de expresar sentimientos con objetos considerados no artísticos (globos, cintas de obras, cables, etc.). Además queríamos que esos trabajos colectivos e individuales hechos en las aulas terminasen exponiéndose en los pueblos, e incluso, abordar colectivamente la construcción de un “performance” o una instalación en sus plazas, y si era menester, envolviendo las fachadas de los ayuntamientos. Era toda una invitación a la informalidad, la ruptura y el desmelenamiento general. Se rompían todas las rigideces artísticas, los cánones preestablecidos, tanto en las formas como en los materiales, para animar a cada niño a expresar con materiales en desuso una sinfonía de formas y colores.

            El soplo de viento no pasó inadvertido para los adultos. Las exposiciones despertaron los sentimientos mayoritarios del desprecio y, cuando menos, el de la estupefacción. Más de uno consideró un despilfarro injustificable el gasto, tiempo y esfuerzo invertido en lo que no consideraban arte. Cuando esto ocurre, yo siempre recuerdo una edición de la feria “Arco” de Madrid, hace ya más de 25 años, dónde una galería italiana, en su stand, sólo mostraba una gran pizarra clásica de aula colegial con una frase escrita con tiza blanca que decía “Todo es arte”.

            El gran valor de Ramón Garrido es esa invitación a fijarnos en lo que nos rodea, en lo nimio, en lo despreciado, las puntillas oxidadas, los globos, las horquillas, los objetos en desuso… Ese hecho en sí mismo nos despierta sentimientos de aprecio de lo insignificante. Al estimar estos objetos en sus formas y colores, que no fueron diseñados para formar parte del concepto de creación artística, nos invita a establecer otra relación con el mundo en que vivimos, y usándolos como expresión de libertad, sin duda nos empuja a romper muchas cadenas.

            De lo anterior, al intento de encadenarnos a la idea de dependencia del Dios Creador como símbolo de libertad, que rezuma en sus escritos, es un mensaje poco liberador.

            Por tanto, valoremos la obra provocadora y fresca de Ramón y no por lo que dice en sus escritos que la acompañan. Si no es así, para mí sería muy contradictorio.

 

 

Sebastián Lozano Mudarra

Gerente de la Asociación para el desarrollo de la Comarca del Condado