Ramón Beltrán

        

La obra de Ramón, que tuvo el privilegio de nacer en Úbeda –todos tuvimos nuestro 1961 y una tierra que nos alumbrara–, me atrajo desde el primer momento. A Ramón lo había conocido antes que a su obra.

            Aunque vueltos al origen de aquella atracción, lo primero es la paradoja. Porque Ramón, que reconoce su vocación de creador desde un siempre sin recuerdos ni fechas, hizo público su pensamiento artístico de forma irreversible en 1993. Pero los planteamientos intelectuales en que toda obra se apoya habían surgido diez años antes. Y así, aunque hablemos de búsquedas y encuentros durante veinticinco años, realmente son veintisiete los años de creación que han dado abundante fruto en multitud de exposiciones y proyectos a lo largo de lo que podríamos denominar su vida pública de artista. Y no es mal número 27, porque si el 25 es redondo y perfecto, el 27 no conviene menos al arte de Ramón: un esotérico no dudaría en justificar la complejidad de este guarismo sobre el asiento de las personas del verbo elevadas a las potencias del alma. Sobre el alma, la de Ramón, acaso volveré después.

            Ahora me interesa su presentación como artista en el Colegio de Arquitectos de Jaén en 1993, cuando el azar del visado de un proyecto me llevó ante una inesperada sala de exposiciones en la que vi a Ramón, no sé si dando los últimos retoques a la instalación o –como un poco burlón le dije entonces– recreando la obra. Obra que ya encerraba toda la fuerza que eclosionaría en sus instalaciones de varios años después. Pero entonces, en la obra del Ramón Garrido al que yo conocía y con el que alguna vez traté sobre la seguridad pasiva de sistemas en equilibrio inestable --el Ramón académico, el Ramón técnico--, sólo alcancé a reconocer los epígonos del disonante Duchamp y el ready made. Pero había algo en aquella recopilación de manufacturas industriales herrumbrosas y en aquellas naturalezas muertas moldeadas como desecho fabril, ahora lo recuerdo, que iba más allá de la sustitución de su función primitiva por otra artística mediante la sola voluntad del autor. Desde luego había un nuevo pensamiento para todos aquellos objetos, como defendía Duchamp. Pero, en la derivada que es el arte, la función primitiva de aquellas decrépitas criaturas agrupadas no había desaparecido ni mucho menos. Había sido rescatada. Incluso había sido reforzada.

            He de reconocer que en aquel momento no alcancé a comprenderlo del todo. Que sólo cuando la condensación de los “Espacios con cosas” de 1996 desembocó en las “Reiteraciones significantes” de 1997, fui consciente de que la fuerza de aquellas instalaciones iba más allá de la compartimentación del espacio en ambientes y ritmos medidos con una distribución calculada, minuciosa y precisa de multitudes de elementos, fueran clavos, válvulas o hilos de acero retorcidos una y otra vez hasta la extenuación y la fatiga. Cada uno de aquellos objetos sumergido en un espacio, ahora con profundidad bajo un cielo sin tiempo, daba testimonio por sí solo de un mundo reiterado, obsesivo, múltiple. Un mundo en el que, bajo la apariencia esteticista de las instalaciones, subyace el descubrimiento del valor moral que el sacrificio y el trabajo silente del absurdo hombre moderno tienen. ¡Qué importa que actúe narcotizado por el torbellino material en el que vive! Sobre las cosas que alguna vez fueron parte de su ambición ahora flotaba, como sobre el abismo, una brisa que mezclaba sueños y esperanzas con otros sabores viejos. Había en todo aquello una posición moral que, en tiempo aparente de bonanza, resultaba tan solitaria como aleccionadora, tan utópica como necesaria.

            Pero cuando muchos creímos haber descubierto las primeras claves de la obra de Ramón él comenzó a transformar el aspecto material de su obra y a obsesionarse en el vacío, en la nada.

            Recuerdo que un día --mi conocimiento de su obra y sus actitudes vitales están jalonadas de anécdotas--, el azar me introdujo en una escena reveladora de los nuevos planteamientos hacia los que Ramón había evolucionado. Subiendo fatigosamente en bicicleta desde la Carralancha desemboqué en la calle Valencia. Y allí, en la calle de los alfareros, encontré a Ramón cerca de su estudio, observado con atención por unos críos mientras fotografiaba elementos de lo que serían muy poco después sus “Ofrendas”. “Ofrenda con cosas”, me parece, era el título de la obra que fotografiaba sobre el viejo empedrado que entonces recubría ese espacio de tradición de lo que para él fue la última calle-calle de Úbeda. El estupor de aquellos chiquillos ante semejante abstracción, a la que había dado lugar la convicción creadora de Ramón, no necesariamente fue mayor que mi asombro. La reflexión sobre el vacío como objeto del arte había dado lugar al adelgazamiento material de la obra en aquellas “Ofrendas” que tuve el privilegio de contemplar en primicia con una mirada tan sorprendida y limpia como la de aquellos chavales.

            Bastaba rasgar la realidad con unos simples hilos pendientes como plegarias de unos tallos hirsutos de hierba para provocar el fenómeno artístico. ¡Con qué facilidad llegaba a la esencia de las cosas para dejarlas en el rito! Por eso llegué desde entonces al convencimiento de que la componente moral de sus creaciones anteriores no eran simples posiciones estéticas. Tampoco delataban imitación, ni caían en la nostalgia o la melancolía. No se trataba ni de la persistencia del recuerdo ni de la consideración de un pasado al que regresar que se rescataba en sus fragmentos desechados.

            Desde aquella mañana tengo el convencimiento, confirmado por cada nuevo proyecto, de que en la obra Ramón la función estética nunca fue la primordial, aunque fuera la vela del barco que tenía que recoger el viento. La estética era el accidente, la excusa. La quilla eran la fe y la trascendencia.

            Su obra nos transporta no a un mundo perdido sino a un mundo primigenio, esencial, despojado de convenciones donde el arte reasume -como en el principio de los tiempos- funciones mágicas y religiosas capaces de devolvernos, pese a la confusión en que nos sumerge cada día, a la simplicidad, a la certeza de que somos la emanación de algo, de una pulsión que ni podemos sobornar ni torcer sin renunciar a lo mejor de nosotros mismos. Toda la obra de Ramón, pero especialmente la que produce en la última década, es una incitación a la conciencia y es capaz, con unos pocos elementos tan humildes y despreciados como los que utiliza, de enfrentarnos a la necesidad de que sean nuestra imaginación, nuestra inteligencia y nuestras convicciones quienes los animen.

            Blanco de cal, ocre de piedra, dice Ramón de sí mismo. Brillante de acero y grande de alma, añado yo ahora. Porque el alma de artista de Ramón ha puesto su entendimiento y su memoria al servicio de una voluntad férrea y humana, la suya, para ayudarnos a los demás a seguir con él ese incierto camino hacia la felicidad que no se puede recorrer si no es conjurando a cada paso los desgarros que padece la conciencia cuando despierta de su embotamiento.

            Doloroso despertar. Lúcido despertar. Obra dichosa.

 

Ramón Beltrán

Archivero bibliotecario