Miguel Sánchez Ruiz

Recuerdo verlo, junto a su familia, organizando su exposición en el Colegio de Arquitectos. Llenando la sala y parte del patio con una suma de objetos múltiples, piezas pequeñas, cosas cotidianas, objetos conocidos, cada uno con su finalidad concreta, algunos usados otros nuevos, unos más comunes y a veces, algunos más raros.

Muchos relacionados con la profesión de construir. Todo sin importancia pero muy necesarios en algún momento…

            Uno no llega a comprender, a primera vista, que ése desparrame de piezas, se convierta poco a poco, de una forma suave, a veces, violenta, otras, en un mundo interrelacionado entre sí y que muy sutilmente, nos va dirigiendo hacia una idea, sin palabras. Un lenguaje, ininteligible, pero concreto

            Recuerdo un códice, no muy conocido. Escrito e ilustrado por otro compañero arquitecto. Luigi Serafini. Su Códex Seraphinianus, que escrito en una tersa letra cursiva de impronta semítica, describe un mundo que sin serlo es parecido al nuestro. Franco   Maria Rici, su editor, en su prólogo siempre lleno de sugerencias, y haciendo uso de la historia, ejemplifica como primera vez la llegada de ésos bárbaros ignorantes y analfabetos, que tras asaltar un monasterio, allá en el medioevo, y saciar sus más elementales necesidades de comida  y pillaje tras las puertas del scriptorium, pasarían estupefactos las hojas de un códice miniado. Lo curioso de éste Códex, es que su caligrafía meramente es eso. Que sus  renglones, no pueden leerse, que todo es un objeto para observar, imaginar, soñar y al mismo tiempo apreciar…

Ramón Garrido hace por igual, escribe, construye en su libro, o espacio, un mundo-idea, personal a veces sólo entendido por él, pero que transmite sensaciones, primarias a veces, hirientes otras… y todo ello lo hace de una manera meticulosa y al mismo tiempo arbitraria.

            Lo Imagino haciendo los planos de sus exposiciones, determinando los sitios de  cada cosa, y son muchas. Luego como artista, lo repasará, lo retocará y tras dejar la exposición montada, volverá con gran ilusión el día siguiente para poder así contemplar su obra.

            Lo bueno de la obra de Ramón garrido es que, como la propia vida es perecedera… casual e irrepetible. Es un poco como el ser humano compuesto de miles de células, rehúye de grades piezas, formas contundentes y básicas. Todo son mezclas, es algo más grande con algo o muchos algo más pequeños. Las piezas, de por sí vividas, tienen su historia y todas hacen la historia del autor.

            Ramón Garrido escritor, de ideas nobles y lógicas deja a Ramón Garrido artista en un mundo en pugna y a veces ilógico y provocativo.

 

Miguel Sánchez Ruiz.

Arquitecto