Marcelino Sánchez Ruiz

El artista de “las puntas clavadas”

   Así me definió a Ramón Garrido un amigo cuando salía de ver la exposición que presentó en el año 1996 en el Hospital de Santiago de Úbeda. “Si, si, están muy bien clavadas las puntas”, me dijo mi amigo, con la firmeza y seriedad que muestran los hombres de la Loma cuando responden de veras a cualquier cosa que les parece de interés.

   Yo me acercaba a ver la exposición con las ganas de descubrir las propuestas que Ramón hacía y que ya en el catálogo –única visión que yo hasta ese momento había tenido de su obra- me parecía interesante. El buen amigo acababa de salir de ella, y me respondió con su verdadera y primera impresión: básica, certera.

  ¡¡ Claro que estaban muy bien clavadas las puntas!!. Estaban clavadas con toda la intención, con toda la magia que genera un artista cuando aplica a un objeto cualquiera la fórmula invisible que transforma una sucesión geométrica de puntas normales y corrientes, clavadas sobre un tablero circular o cuadrado, en algo completamente distinto a una sucesión de puntas clavadas y las convierte en una obra que trasciende la sucesión de puntas para provocar en el espectador una reacción, una emoción.

   Esa es la enorme fuerza del arte: que es capaz de conmover, que con cada creación, el artista persigue conmover. Que con su “magia”, con su obra, los verdaderos artistas conmueven, unos lo hacen con los pinceles haciendo un retrato, otros con trazos abstractos y colores mezclados, otros con una fotografía, otros con una escultura de una pareja besándose.

   Los hay, como Ramón Garrido, que tomando de los desechos, de las basuras, buscando entre los materiales seriados mas diversos, cogiendo envoltorios industriales, poniendo las cosas más sencillas –globos hinchables, puntas, hilos, botones... - da igual qué, utilizando materiales con funciones ordinarias, son capaces de transformarlos en piezas que nos llaman la atención, que nos tocan por dentro.

   Al ver la obra de Ramón Garrido, sus propuestas se nos aparecen raras, todas extrañas, inusuales, emocionantes en unos casos, chocantes en otros, todas son fruto de esa transformación que es capaz de conseguir, dotando a la obra de arte de una vida peculiar, distinta, transgresora a la propia vida de la materia con la que se ha construido cada pieza.

   Eso mismo le ocurre al poeta con la palabra. Cuando una palabra es utilizada, el poeta le da una dimensión especial, es diferente cuando la coloca en su dimensión que altera su significado semántico puro, para convertirla en una verdadera trasgresión que conmueve. “Caminante no hay camino, se hace camino al andar” dijo Machado.

   Esa trasgresión es la clave de la obra de Ramón Garrido, que metamorfosea materiales con funciones ordinarias y las convierte en propuestas de reflexión, convierte lo áspero y matérico en sublime y sutil ironía.

   Es arte cuando se propone darle la vuelta al significado de un plato de porcelana viejo y desconchado lleno de tornillos, y nos sugiere imaginarnos un plato de lentejas pensando en el hambre física y también de cultura que hay en este mundo en el que hay veces - demasiadas veces- que necesitamos transgredir el sentido “real” de lo que vemos, para impulsar ese otro sentido poético y emotivo. Para reflexionar y expresar lo que sentimos que tanta falta hace en estos días de tribulaciones y resaca mundial.

   Pararnos y repensar para poder seguir caminando, haciendo otro camino diferente al que nos ha traído hasta aquí. En estos últimos decenios de humanidad demasiado deshumanizada, se me hace imprescindible el arte para desarrollar la capacidad de ver y mirar y entender de manera diferente, de buscar como darle la vuelta a las cosas para construir nuevas miradas reales y artísticas sobre lo ya producido.

   Por eso Ramón es al artista de “las puntas clavadas”, muy bien clavadas, y con ello consigue darles la vuelta y hacer de ello algo diferente, sencillo sí, pero conmovedor.

 

 

 

Marcelino Sánchez Ruíz.

Historiador arqueólogo