Manuel Madrid Delgado

LAS RUINAS O LA VIDA

            En su producción artística, Ramón Garrido asume una terrible condición creadora: no es la función del forense, pues esa labor todavía conserva algo de recato hacia las entrañas del cadáver; es, más exactamente, la función del destripador, del vaciador. Crear vaciando, crear destruyendo: Ramón Garrido se ha asomado al vacío de las entrañas del mundo post-contemporáneo y ha ido desgajando, a lo largo de veinticinco años de interpretación artística de la realidad histórica, los elementos de ese mundo, poniéndolos con la paciencia del amante o con la paciencia del asesino –paciencias tan parecidas, oh paradoja– delante de nuestra vista, para que podamos comprender si queremos comprender. Así, la obra de arte que crea Ramón Garrido es una obra apegada a la sustancia misma del tiempo en el que nace y al que interpela: no es una obra nacida para la belleza, sino para la tragedia; no es un arte para el éxtasis, es un arte para el acercamiento doloroso a las ruinas de la existencia; no es un arte para la eternidad, sino para la finitud del instante. ¿Es, el arte de Garrido, un arte deconstruido? Podría ser, pues la deconstrucción como concepto filosófico predilecto de los epílogos de la contemporaneidad, no es más que un destripamiento de la realidad, un sacar las partes del todo para que reluzcan y nos alumbren en su sombría condición de deshechos.

            Un arte de fragmentos del arte. Un arte en el que los elementos asumen la vocación totalizadora de la obra. Los clavos, la arena, la fría tecnología televisiva, el plástico picado por los años y las lluvias, las velas rojas de ascendencia mortuoria, las cintas de baliza, los globos desinflados, las ramas secas... todo aquello que debidamente aderezado, unido, todo aquello que tratado desde el prisma de la belleza –¿el prisma de la belleza no es un prisma que falsea la propia realidad, gimiente, del mundo?– puede conformar la obra de arte canónica, todo eso, digo, en Ramón Garrido adquiere personalidad propia. Y cada uno de esos elementos dejan de ser accesorios necesarios para una realidad que los sublima y pasan a ser testigos vivos y denunciantes del mundo. Porque Ramón Garrido al destripar los elementos del arte, al descuartizar la posibilidad totalizadora del arte, al aislar los materiales con los que el capitalismo ha querido construir la realidad de lo humano significando su imposibilidad de crear hermosura, alumbra un arte que es denuncia. El desarraigo de los clavos es, de esta manera, un acta notarial de nuestro propio desarraigo; y el papel arrugado sobre el cenicero sucio es como una fiebre que indica nuestra propia inutilidad para los fines del sistema; y la vela de difuntos encendida entre otra multitud de velas radicalmente aisladas dentro de su funda roja, es anuncio de nuestra propia soledad y de la insolidaridad mortal que las ideologías de la muerte desgranan sobre nuestras sociedades. No hay creación de Garrido que no remita a una pulsión viva de la desolación en que vivimos: por eso, a lo largo de estos años Ramón Garrido ha sido algo más que un simple arquitecto que se inmiscuye en los territorios de la invención artística; ha sido un creador de artefactos descriptivos de la realidad que lo rodea, un creador de panfletos –la obra de Ramón es efímera en el tiempo y violenta en lo ético, como el panfleto, y tan eficaz como él para remover entrañas– que se quieren poner en manos de una sociedad adormecida por los modernos opiáceos. Por eso, la obra de Ramón Garrido tiene mucho más de poética de la postración que de arte material en sí.

            No hay belleza, ni puede haberla, en un mundo en el que las mujeres son lapidadas o enterradas debajo de sacos de tela; no hay belleza en un mundo en el que los niños pasan hambre; no hay belleza en un mundo en el que la guerra sigue marcando ritmos y pasos. ¿Puede, el arte, recrear lo inexistente sin traicionarse? Ramón Garrido optó por no traicionarse. Su obra artística es una obra leal consigo misma y leal con el mundo del que nace.

            No puede ser una obra artística que se deleite en paisajes imposibles. Es una obra que ha buceado hasta los abismos de la existencia y ha encontrado que allí no hay nada que tenga pulso. Porque el mundo en crisis en el que vivimos es un mundo sin entrañas –plastificado, oxidado, reseco como la arena–, un mundo sin carne que palpite o sin álamos que tiemblen bajo la brisa de junio, Ramón Garrido renunció a recrear lo inexistente y lo imposible. El capitalismo sin alma ha convertido a la materia en sola materia, en certificación de la muerte de las esperanzas. Esta no es una constatación agradable; esta es una certeza que hiere y corta, que desgarra, porque queremos asirnos a una mínima posibilidad de sobrevivir el vendaval. Pero no existe.

            He ahí la grandeza última de estos veinticinco años de Ramón Garrido: que no ha cerrado los ojos ante lo dolorosamente real, que pese al espanto y el horror ha viajado hasta el corazón de las tinieblas y nos lo ha devuelto convertido en arte que no es arte, en belleza efímera que no es belleza, en eternidad de un instante, que es hoy por hoy la única eternidad posible. Crear, así, tiene que agotar potencias. Porque supone hacer flotar el dolor hundido en las simas; porque no basta con crear instantes pensado que con ellos podemos insuflar en el mundo un halito de vida; porque no basta con salir al encuentro del viento so pena de descubrir que la ceniza ha acabado con él... Hay, además, que sobreponerse a los desasosiegos que nos causa constatar que todo está convertido en escombros. El artista al modo de Ramón Garrido está condenado, como Prometeo, a levantar lo que los dioses –los nuevos dioses del dinero, del terrorismo, de la industrialización y la tecnologización sin alma– derrumban cada atardecer: una lucha titánica que nace de la certeza de que al caer de la tarde siempre examinan en el amor. ¿Y si entre los clavos y el plástico y el alambre y el retablo desgajado fuese posible el amor..?

            Ramón Garrido habla de la desesperanza del mundo, deconstruye las amarguras de la realidad, destripa la materia con la que otros inventaron –cuando todavía era posible– los grandes hitos de la historia del arte. Y sin embargo...

            Y sin embargo, esta monumental aproximación de Ramón Garrido a las ruinas del mundo, nos dice de alguna manera que allí, en el corazón de las tinieblas, hay una luz purísima y natural que lucha contra la tormenta y la ceniza y contra la muerte. Hay quienes a esa luz la llaman Dios, hay quienes a esa luz la llaman Humanidad, hay quienes a esa luz la llaman Alma. Pienso que, para Ramón Garrido, esa luz se llama, simplemente, VIDA. Vida que tiene que seguir siendo posible en lo imposible del escombro: ese es el reto que Ramón Garrido nos plantea en estos albores trágicos del siglo definitivo.

 

 

Manuel Madrid Delgado

Funcionario interino

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