Manuel Expósito Moreno

EL TONO AMARILLO DEL CONCEPTUALISMO DE RAMÓN GARRIDO FRENTE A LA CRISIS: ‘TIEMPOS DE CRISIS, COLOR AMARILLO’

            Frente a la inconmensurable crisis económica que nos atenaza, el arte propone respuestas colectivas que el conceptualismo acostumbra a convertir en provocación. El sentido implícito de los hechos y de las cosas, a través de exposiciones –interiores o exteriores- basadas siempre en el reflejo del alma y de la actualidad, nos permite aproximarnos al estado germinal de la obra, momento sustancial y trascendental en la creación para artistas como Ramón Garrido. La percepción instintiva de crisis económica, impregnada de amarillo, simbolismo áureo de brillo, del lujo de aquellos lodos especulativos que fueron el origen de los dioses con pies de barro recientemente derruidos, pues, prevalecerá siempre sobre los aspectos formales que adquiera finalmente la instalación. El amarillo, asimismo, de la fiesta que se tornó pesadilla, con toda su carga de miedo e incertidumbre respecto al futuro inmediato; el amarillo que se asocia a la mente, el poder de discernir y discriminar, la capacidad para decidir y juzgarlo todo, inherente a la trayectoria existencial y artística del autor.

               Pero, ¿Quién es realmente Ramón Garrido? ¿En qué medida influye en su obra la labor profesional que desarrolla como arquitecto, su condición de católico practicante, el equilibrio que aporta la familia en su universo vital? Garrido, en la abstracción de su arte, en su cuarto de siglo largo de búsquedas y encuentros, combina los elementos con la misma precisión que la técnica constructiva junta los sillares para conformar una esquina o ajusta las tejas entre sí a partir de un método de imbricación centenario. La luz, la sombra y el sonido modelando una materia, a la par vetusta y contemporánea, nacida de la experiencia personal y pretendidamente transferible de Ramón, que encierra un mensaje ciclónico y transgresor, cosmovisión de la sociedad actual, sus vicios y perversiones, que el creador ansía trasladar a los demás.

            El sentido de la realización primará siempre sobre la expresión plástica, mero soporte en tantas ocasiones; la idea prevalecerá, aunque a veces esa honestidad a la hora de marcar objetivos y prioridades no haya sido entendida en su justa medida por algún que otro casero o patrocinador de las ambientaciones de Ramón. Señalas y sólo reparan en el dedo. No importa, el artista considera un sacrificio necesario las incomprensiones episódicas.

            La idea tras el arte es más importante que el artefacto en sí. La obra no es el fin, sino el medio para una noción renovada del arte. ‘Arte total’ que persigue la interdisciplinariedad y la adopción de medios y materiales procedentes de diferentes ámbitos y formatos. Garrido, pese a todo lo escrito/descrito con anterioridad o precisamente por ello, escapa a toda tentativa de definición o categorización. Su expresividad –referencia directa, inmediata y urgente a la realidad cotidiana, el ‘ready -made’ o cómo introducir lo cotidiano en el arte- es, ante todo, un estado de espíritu: un modo de vida impregnado de una soberbia libertad de pensar, de expresar y de elegir.

            Las realizaciones o ensamblajes de Ramón Garrido, en suma, son el auge de una experimentación crítica donde la estética se limita a traducir sus sentimientos, recreando la vida como remembranza y anclaje de la identidad. Porque lo único que persiste en la distancia del paso del tiempo son ciertas impresiones, una particular memoria emotiva que evoca olores, sabores, ritos, dicciones, modismos, rasgos que caracterizan la pertenencia a una comunidad, a una intimidad cultural: una recreación plástica del imaginario patrio, aldea global ya en pleno siglo XXI: fotografías, soportes audiovisuales, mensajes, ropas, utensilios: una parafernalia de cosas entre el coleccionismo y el kitsch, que atiborran el espacio hasta convertirlo en una especie de santuario o altar de la domesticidad.

            El Síndrome de Diógenes que Pilar, esposa de Ramón, echa en cara al protagonista de esta muestra, de tarde en tarde: ahorrar y guardar artículos sin ninguna utilidad aparente, objetos de uso común condenados en la mayoría de los casos al vertedero del olvido que Garrido recicla y reclasifica a partir de un orden universal nuevo, revivido, expresando mediante este lenguaje artístico rompedor, radical, el cuestionamiento de las elites dominantes, reflejando así su oposición total desde un punto de vista simbólico a la deshumanización. El análisis social y la observación de la vida de los ciudadanos bajo el régimen comunista, en su obra conceptual ‘El hombre que no tiraba nada’, convierte a Kabakov en un coleccionista de basura: la manía de coleccionar todo, cualquier cosa, por nimia que ésta pueda parecer y la pasión por el orden estricto de cada cosa, una obsesión clasificatoria que comparte Garrido a pie juntillas. En suma, como tantos otros artistas conceptualistas, Ramón ha intentado devolverle al arte su primitiva función y librarlo de las connotaciones mercantiles para que recupere su índole de expresión genuina de la actividad humana.

            La crisis económica actual crea un ambiente de duda, absurdo y carente de grandes proyectos, que alienta el resurgir de ese vanguardismo idealista, rupturista y desmitificador que tanto valor adquiere en la obra del artista ubetense. Desinhíbanse, desprovean su mente de prejuicios estéticos convencionales y sumérjanse en la última exposición de Ramón Garrido. Merece la pena ganar unos minutos u horas al frenesí del día a día y dedicarlos a tan estimulante fin. Pasen sin remordimientos y vean, vean sólo lo que quieran ver detrás.

 

 Manuel Expósito Moreno

Director de Multimedia Jiennense