Juan Ramón Martínez Elvira

LA URDIMBRE

            Han pasado 43 años desde que Celant, a través de un manifiesto publicado en la revista americana Flash Art daba a conocer los fundamentos del Arte Povera, aquel que, muy simplificadamente, puede definirse como el que se sirve de todo objeto de mínimo valor material e incluso conceptual para constituirse en componente insustituible y preciso de la obra artística. En aquel momento contaba Ramón Garrido Martínez apenas tres años de edad, por lo que puede afirmarse que él ha crecido junto al movimiento estético del que luego vendría, conscientemente o no, a formar parte, aunque es inevitable matizar que si bien aquella corriente se inspiraba en Marx y Engels, Ramón ha canalizado su teorización intelectual partiendo de soportes eminentemente teológicos y cristianos, a los que ha revestido de Fe y Amor.

            Al igual que el neoplasticista Georges Vatongerloo, Ramón ha repartido sus inquietudes entre la escultura y la arquitectura. En ambas disciplinas ha creado con una valentía admirable, con un sentido vanguardista tan atrevido que a veces ha rozado la procacidad.

            Pero en este caso, sólo interesa ahora su faceta de escultor. En campo tal, Ramón, como también hiciera el rumano Brancusi, se ha liberado de todo resabio realista para concentrarse en las formas puras, desarrollando mediante la repetición de ellas sorprendentes e impactantes tesis conceptualistas. Y aunque muchas de sus obras llevan implícita una vigencia efímera por su propio carácter monumental y complejidad espacial, no es menos cierto que buen número de sus producciones podrían destinarse, siguiendo los postulados de Smithson en su Land Art, a integrarse en un determinado lugar, conformando la esencia de ese mismo ambiente en que se emplazasen.

            Casualmente, leo ahora “La noche de los tiempos” de nuestro común paisano Muñoz Molina. Y casualmente también, en esta novela aparecen dos personajes que vienen a representar esa doble trayectoria de Ramón.

            Uno es Ignacio Abel, el arquitecto: “Amaba el hormigón armado, las láminas extensas de cristal, el acero firme y flexible, pero sentía envidia ante un talento y una destreza inaccesibles para él si veía a un lado del camino la choza del guarda de un melonar hecha con una urdimbre de paja y cañas de acuerdo con un arte que ya existía cuatro mil años atrás”.

            El otro personaje viene encarnado en el Profesor Rossman: “Buhonero de las cosas más vulgares y de las más improbables. Disertaba igual sobre las virtudes prácticas de la curvatura de una cuchara o sobre los exquisitos ritmos visuales de los radios de una rueda de bicicleta en movimiento”.

            Ramón es otro Ignacio Abel pero más ambicioso, más dinámico. Otro Ignacio Abel que no se limita a contemplar admirativamente la obra del melonero, sino que indaga sobre ella, la escruta, la analiza… Y resuelve. Pasa entonces a ser, pasa entonces a hacerse un inquieto, curioso y convincente Profesor Rossman.

            Ramón Garrido Martínez quiere cerrar sus primeros 25 años de esa actividad desdoblada con una nueva exposición que esta vez ha denominado Tiempos de crisis, color amarillo, título ya de por sí sugerente y atractivo que, sin duda, exacerbará la curiosidad de todo aficionado al arte.

            A la hora de escribir estas líneas desconozco el contenido de dicha exposición, pero estoy seguro de que con ella Ramón habrá alcanzado ya el supremo grado de interpretación mágica del objeto cotidiano que le permitirá presentarlo como un ente con sentido merced a su propia disfuncionalidad.

 

 

Juan Ramón Martínez Elvira

Historiador, investigador y erudito