Juan Ignacio Damas López   

« Veinticinco años de búsquedas y encuentros», esta es la expresión que usa Ramón Garrido para referirse a su mirada retrospectiva en el tiempo —en su propio tiempo—, que es a la vez una mirada a su propio interior convertido en historia exterior esculpida con retazos cotidianos, anodinos, inservibles, olvidados... pero iluminados por la búsqueda, coloreados por la mirada escrutadora y atenta, sacados del anonimato por la conciencia de eternidad que el autor descubre en todo lo efímero y caduco.

            Ramón ha sabido dar vida, o por mejor decir, ha sido capaz de descubrir la vida que poseen las cosas inertes, los entes decrépitos objetos del uso y del abuso humano, que gasta y olvida compulsivamente. Sus «naturalezasmuertas», aparentemente inánimes para el que no tiene tiempo ni deseo de mirar ni de crear empatía con ellas, están vivas, cuentan historias, evocan sentimientos, hacen aflorar recuerdos a veces cotidianos y a veces hondos y sublimes.

            Lo cotidiano se eleva a rango de excepcional. Un clavel no es sólo una flor; es esta flor, que se marchita ante ti, sin que tú hagas nada, sin que tú la mires, sin que te importe. Perdida entre otras, forma parte de tu vida, aunque ni siquiera te des cuenta. La vida fluye a tu alrededor, pero te crees tan importante, tan ombligo del universo, que pareciera que tan sólo existes tú, mientras que todo lo demás es nada. La obra de Ramón te invita a abrir los ojos, a contemplar lo que contemplas todos los días, lo que cotidianamente tienes delante de las narices, pero no ves porque a tumirada le has censurado las cosas normales, porque guardas tus ojos sólo para lo que vale la pena. Pero el hecho es que vale la pena mirarlo todo.

            Cuando se detiene la mirada sobre lo efímero se descubre la inmortalidad presente en cada objeto, en cada despojo del consumo humano:metal, imán, plásticos;madera, globos, clavos; cartones, casquillos, estropajos; balones cristales, muñecas...

            Si te paras a mirar te parece que tú das vida a las cosas cuando las miras; pero no, te equivocas. La vida está allí, enfrente de ti. Las cosas están vivas, sólo que tú, cuando las sacas del círculo de tu necesidad, de tu uso, cuando no son para ti, consideras que no son nada.No te das cuenta de que otro las puede tomar y hacer uso de ellas, y entonces siguen siendo.

            Pero a ti no te importan las cosas, ni el otro que las usa y que la vuelve vivas cuando tú las has condenado al olvido, haciendolas objeto de desecho y convirtiéndolas en residuos.

            El caso es que no se puede mirar de verdad si uno no está en búsqueda. Es lo que a lo largo de estos años parece querer decir Ramón: estoy —quiero estar—siempre en búsqueda. «El que busca, encuentra», dice Jesús (Mt 7,8); pero no se puede parar de buscar, porque todo encuentro es el comienzo de una nueva búsqueda. Buscamos lo que nos gusta. Buscamos lo que nos hace sentir que estamos vivos.Buscamos solución a nuestros problemas.Ya veces buscamos los problemas mismos.Yel sentido de nuestra existencia.Ymuchos porqués que, apretados unos junto a otros, bullen en impaciente espera en nuestra cabeza. Buscamos sensaciones fuertes; o, por el contrario, un poco de paz y de tranquilidad. Buscamos personas; para estar acompañados, para no sentirnos solos, para perdernos entre ellas, para quererlas y para ser por ellas amados.

            Nos buscamos a nosotros mismos. Te buscas a ti.

            Muchas búsquedas, grandes y chicas, sublimes y anodinas, llenas de pasión o, por el contrario, desganadas, son los hilos que tejan tu existencia. Y muchos encuentros te dan fuerza y te impelen a seguir buscando. Hasta los desencuentros son —si es que sabes de verdad mirarlos— encuentros necesarios.

            Pero buscamos sobre todo a Dios. A veces sin saberlo. Dando palos de ciego. Puede ser que sea él el que está vivo en las cosas. O el que nos dé pupilas para descubrir vida en lo aparentemente extinto. Por eso las velillas rojas de las ofrendas siguen luciendo aunque ya no quede en ellas parafina y no sean más (¡y nada menos!) que cuencos de plástico vacíos, contenedores de deseos o de agradecimientos humanos, recordatorios permanentes de lo que se pretendió que fueran un día. Por eso los exvotos viejos y las fotos olvidadas y las imágenes maltrechas por el tiempo y la humedad continúan siendo, a pesar de todo, testigos elocuentes de un ansia siempre tan imposible como necesaria: la de encontrarnos a nosotros, la de encontrarnos con Dios, la de dejarnos encontrar por él.

            Descubrir lo que de excepcional tiene cada objeto cotidiano. Mirar, y mirar fija, atenta y repetidamente. Buscar y encontrar; encontrar para seguir buscando. A los hombres, a nosotros mismos, a Dios. Ofrecer y ofrecernos; y percibirlo todo como ofrenda, como regalo. Gracias, Ramón, por invitarnos a este tu juego, que va tan en serio.

 

Juan Ignacio Damas López

Sacerdote Párroco de Santo Tomás y San Nicolás