Francisco Delgado

Contemplando la obra de Ramón Garrido, como me ha sucedido con otros tantos artistas que me emocionan, se me suscita la inevitable y tantas veces repetida pregunta: ¿Qué es el arte? , ¿Son “los toros” arte? , ¿Es arte la silla solitaria, en medio de un espacio vacío, del “stand” de A.R.C.O., o la figurante de otro “stand” haciendo movimientos cíclicos y repetitivos tendentes minimalísticamente al infinito? , o ¿Sólo es arte lo que traspase una mínima complejidad técnica pictórica, pongamos por caso?

            Nunca encuentro la consistencia de una respuesta igual, no sé si por la inexistencia en mi “orden” interno de un sistema de valores estéticos y éticos sólidos, inamovibles; en fín, no sé si por mi duda perpetua.

            Al final, siempre recurro, en un intento simplista y tranquilizante, a la idea de que ARTE es toda producción (¿Humana?) creativa (sólida, líquida, gaseosa, inerte o en movimiento, material o ideológica, analógica o digital, vehiculizada por ondas –música, tv.) que es susceptible de emocionarte, o, cuando menos, de suscitarte alguna emoción, evocación, pensamiento, impresión, etc. Sería todo lo contrario a “que no te diga nada”.

            Capítulo aparte son las consideraciones de que si eso es abstracto, figurativo, simbolista, expresionista. Etc. No entro en eso.

            Desde que conociera a Ramón y su obra hace más de quince años, y tras asistir a diferentes exposiciones organizadas en “La Muralla”, el Museo Arqueológico, obra en internet, me reconozco conmovido, y siempre sorprendido, sobre todo por sus instalaciones y montajes.

            Estas no son sino poemas plásticos cuyo léxico, cuyos vocablos, son elementos extraídos, entre otros, del ámbito de la Construcción y la Arquitectura (hierros de encofrar, cinta de balizar, puntas, clavos, cintas de empaquetado, celofán, marcos de puertas, palés, cuerda, globos de goma…) que han perdido el corsé del pragmatismo para el que fueron ideados y que, desviándose de su determinista finalidad, sorteando su prosaico destino en el basurero o en un almacén de obras públicas o de reciclaje, alcanzan la categoría de componentes dignos e indispensables de un todo bello, no presuntuoso, que, no sé por qué, me suscita ternura.

            Es curiosa esta metamorfosis en la vida de un material: nacer condenado a ser un feo utillaje y terminar siendo protagonista del más alto grado a que puede aspirar la materia en las manos del hombre: una obra de arte; en este caso sin quilataje, sin parecidos forzados con nada, sin finalidad práctica; sin necesidad de emocionar, pero que emociona. No es creada para valer, pero vale para emocionar.

            Estas consideraciones que intento quizá torpemente transmitir son la explicación del porqué me enternece y emociona de la obra de Ramón Garrido. Sirvan de homenaje y agradecimiento, Ramón.

 

Francisco Delgado

Dentista