Antonio Almagro

Mi conocimiento de la vida y obra de Ramón Garrido quizá sea tan escaso como incomprensible pueda ser el hecho de que se me hayan pedido unas palabras para el catálogo de este nuevo proyecto, que según el mismo autor confiesa recoge lo que cree, piensa y siente en un momento vital de madurez personal y existencial; y como demencial es que esté escribiéndolas cuando, además, se me dice que no se trataría tanto de hacer una crítica artística (lo que sería fácil) como una reflexión personal sobre la obra de toda una vida (lo que sería un absoluto atrevimiento por mi parte). Pues, aunque Ramón, del que sé que es buena persona e inteligente, me decía que le interesaba contar con las reflexiones y opiniones de gente de Úbeda con sensibilidad, creo que se ha equivocado de todas. Aquí la única verdad es que soy de Úbeda, pero nada más.

            Conozco a Ramón desde hace bastantes años, de cuando era un joven estudiante de arquitectura o quizá ya un arquitecto recién diplomado que se interesaba vivamente por su ciudad natal, en un momento en el que en Úbeda nacía una profunda preocupación por la conservación y cuidado de su patrimonio a través de un asociacionismo comprometido con sus incuestionables valores. Desde ahí, desde este primer conocimiento, de una u otra manera siempre he ido sabiendo de sus muchas y variadas inquietudes artísticas, las mismas que le han llevado a las más diversas actividades relacionadas con el mundo del arte, además de la propia creación.

            Y ya que he citado la palabra creación, quiero detenerme en ella porque en mi precario conocimiento de Ramón si hay al menos dos aspectos que me llaman la atención: el primero el interés por todo lo que hace y, el segundo, la manifestación de una envidiable –para los pobres mortales que nos movemos en la normalidad- capacidad de crear mundos desde los elementos más sencillos del entorno. Ahora recuerdo (quizá Ramón no) de mi etapa de director del centro educativo de sus hijos, como siempre asistía y participaba en todas y cada una de las reuniones que se organizaban y como en una ocasión solicitó retirar de unos maceteros situados a la entrada las ramas secas de unos brezos venidos a menos. Sin duda estos dos hechos que pudieran parecer anecdóticos no dejan de ser, en esencia, significativos de su interés por cambiar las cosas y de su capacidad de crear desde lo despreciado.

            En la trayectoria de Ramón no se habla de obras (ni él mismo lo hace) se habla de proyectos, es decir, de proyectar, o lo que es lo mismo, de lanzarse hacia delante, de idear, de trazar, de proponer. Seguramente en todo esto no podemos olvidar su formación como arquitecto: Ramón es capaz de crear mundos, espacios y ritmos, a partir de los elementos más sencillos de la naturaleza. O lo que es lo mismo, transportarnos desde lo puramente matérico, incluso desde elementos desechados por el consumismo de nuestra cultura, a un mundo de realidades nuevas. ¿Acaso no es esa de alguna manera la esencia de la Arquitectura?

            Pero Ramón va aún más lejos: se opone al principio de la realidad, que se nos impone desde el mundo exterior, y desde el impulso de su imaginación aspira, superándola, a presentarnos un modelo a seguir, incluso a la trascendencia.

            En definitiva, a crear para mejorar este mundo.

 

Antonio Almagro

Doctor en Historia del Arte