Alejandro Valverde García

Un mito y dos etimologías

            Cuenta un antiguo mito griego que Prometeo, uno de los Titanes, asistió al nacimiento de la mismísima Atenea, diosa de la sabiduría, y que de ella obtuvo inmensos dones que él quiso transmitir a los hombres. Entre ellos estaban la arquitectura, la metalurgia y otras “artes” que permitieron el desarrollo intelectual y científico de toda la humanidad. Esto le acarreó las envidias de Zeus soberano, quien, además, fue víctima de una burla pesada por parte del titán. Un día Prometeo sacrificó un hermoso toro a los dioses e hizo dos lotes diferentes. En uno introdujo las partes más suculentas del animal y las recubrió con algunas vísceras para despistar, en el otro sólo los huesos y la piel. Terminada su laboriosa disección, ofreció las dos partes a Zeus para que escogiese la porción que le resultase más grata, la otra se la daría a los hombres. Como es lógico, el dios sólo se fijó en la apariencia y en el peso del segundo lote, con lo que Prometeo hizo alarde de que lo superaba en sagacidad.

            Este relato no pasa de ser una antigua leyenda y quizá no tenga más valor que el puramente anecdótico, pero fue la primera imagen que me vino a la mente cuando Ramón me propuso redactar unas líneas que sirvieran de presentación a esta nueva exposición que recoge distintas piezas de arte que ha ido creando a lo largo de más de veinticinco años.

            Ramón tiene mucho de Prometeo. Inconformista, siempre inquieto, un espíritu libre que no se deja encadenar por lo efímero, por la vanidad o por el éxito. El motor que lo impulsa es un amor al hombre que busca siempre caminos no transitados para mover su alma y despertar su curiosidad. La contemplación de su obra no deja a nadie indiferente, porque nos obliga a trascendernos, a no quedarnos en lo puramente material. Tras los restos inertes, exánimes, de clavos, virutas, metales y cintas de plástico hay toda una catequesis que nos remueve por dentro. El paso del tiempo, la caducidad de la vida, la cruz personal, los sufrimientos de nuestra generación, todo ello está entrelazado y dispuesto de una forma que sólo él sabe hacer, porque es, al mismo tiempo, arquitecto y poeta. O, siguiendo el símil mitológico, un poco Vulcano y un poco Apolo. Pero, de igual forma, también hay una luz que guía, un diseño último que nace del Amor del Creador de todas las cosas, de Dios, el artista supremo. Él no anula nuestra libertad sino que la fortalece hasta hacerla madurar. Esa experiencia de filiación divina es el lazo mayor que puede existir entre los hombres, y esa Fe es la que me une con Ramón.

            Este Prometeo nacido en Úbeda no eligió ser artista, porque la vocación corre por las venas desde antes de nacer. A lo largo de todos estos años se ha mantenido fiel desgastándose en este oficio que a veces se traduce en desvelos, agotamiento e incomprensión. Curiosamente no hay ningún término del griego antiguo para referirse al arte a excepción de “techne” (de donde viene nuestra “técnica”), porque, acompañando siempre a la inspiración, está la habilidad, la ciencia y el saber del artista. Su búsqueda incansable del verdadero sentido de la vida le ha conducido a plasmar su mundo interior con una estética peculiar que no busca exclusivamente el goce de los sentidos. Esta estética (“éstesis” en griego) parte de la percepción para llegar al conocimiento, como bien explicaban Aristóteles y Platón. Por eso las distintas obras que configuran cada una de sus exposiciones son una llamada fuerte a despertar nuestras conciencias anquilosadas, mezquinas, burguesas, capitalistas, resignadas. Entonces es cuando el arte surge en ayuda de todos los hombres, de esta generación nuestra tan falta de sensibilidad, tan “an-estesiada”, que no ha sido educada para resistir en la batalla y para lograr alcanzar una victoria final sobre la muerte.

            Para esta antología que ahora se nos presenta, Ramón ha escogido, de todo lo que ha ido sembrando, los frutos más selectos, los que resumen mejor su trayectoria artística, retazos de experiencias vividas, de encuentros inesperados, de recuerdos nostálgicos, de desgarradoras denuncias y, como no, de un viento de esperanza y de libertad. Hoy como ayer, Prometeo vuelve a enfrentarse valientemente contra la prepotencia de Zeus para darnos a nosotros la mejor parte. En nuestras manos está aprovecharnos de este don.

 

 

Alejandro Valverde García

Profesor de Cultura Clásica, IES “Santísima Trinidad” de Baeza

y Hermano de Ramón en la Fe